Teoría de Prevención Situacional y Teoría de Ventanas Rotas
La Ley del Criminólogo, 2022, [Video 1].
La esencia de la seguridad urbana radica en la percepción
compartida de que nuestro entorno importa y de que las normas de convivencia se
aplican con constancia y equidad. La teoría de las ventanas rotas, descrita por
Daniel Eskibel en su ensayo sobre el experimento de Philip Zimbardo en
Stanford, demuestra cómo un simple vidrio roto puede desencadenar una cadena de
vandalismo y escalada delictiva. Ese estudio, dividido entre un vecindario
acomodado de Palo Alto y otro deteriorado del Bronx, reveló que el auto
abandonado en la zona rica permaneció intacto hasta que los investigadores
rompieron uno de sus vidrios; a partir de ese acto, el vehículo sufrió
progresivamente daños y saqueos idénticos a los del coche en el Bronx. Lo que
el experimento expone es la fuerza de la señal ambiental: un vidrio roto
transmite desinterés, ausencia de normas y tolerancia al desorden, invitando a
nuevos ataques y, con el tiempo, a hechos mucho más graves.
En el contexto costarricense, entender esta dinámica implica
reconocer que cada pared rayada, cada luminaria fundida y cada lote baldío
lleno de maleza actúan como ventanas rotas: signos de descuido que coadyuvan a
socavar la cohesión social y aumentan la sensación de impunidad. Si un parque
luce abandonado, la comunidad tiende a evitarlo; si nadie lo habita ni lo
cuida, los actos vandálicos y el consumo de sustancias proliferan. Por el
contrario, cuando las autoridades o los propios vecinos restauran con diligencia
cualquier signo de deterioro, pintando murales, limpiando pintas o reparando
mobiliario urbano, se envía un mensaje claro: “Este espacio nos importa,
vigilamos su integridad y no toleramos la infracción”. Esa labor de
mantenimiento permanente, lejos de ser meramente estética, funciona como
barrera emocional y social: convierte al delincuente potencial en alguien que
revisa sus cálculos de riesgo antes de obrar.
A ese concepto de intervención reactiva se superpone la
prevención situacional del delito, una corriente que propone intervenir el
escenario físico y social para elevar el esfuerzo requerido y el riesgo
percibido, al tiempo que reduce las recompensas posibles. Lejos de depender
únicamente del castigo tras el delito, la prevención situacional busca
anticiparse manipulando variables concretas: instalar barreras que dificulten
el acceso a blancos atractivos, reforzar la iluminación en puntos ciegos,
incorporar cerraduras y controles de acceso, o incluso emplear estrategias de
gamificación comunitaria que multipliquen los “guardianes capaces”. Cada una de
estas tácticas, combinada con una filosofía de intolerancia a las ventanas
rotas, construye un entorno hostil para la actividad ilícita y hospitalario
para la vida cotidiana.
Pensemos en un ejemplo sencillo: un barrio comercial de
mediano tamaño en el Gran Área Metropolitana. Si las fachadas comerciales
presentan persianas oxidadas y graffitis sin limpiar, un potencial delincuente
percibe baja probabilidad de sanción. En cambio, si el propietario o la
municipalidad repintan cada rayón en un plazo máximo de 24 horas, colocan
espejos convexos en las esquinas y refuerzan la iluminación con sensores de
movimiento, se altera la ecuación interna del infractor: el esfuerzo y el riesgo
ya no justifican la recompensa. A esto se añade la señal de respeto al espacio
público: un local limpio y ordenado atrae más clientes, incrementa la actividad
nocturna sana y desplaza a los potenciales infractores a zonas menos vigiladas.
La aplicación de estos principios no exige siempre
inversiones millonarias. Un comité de vecinos puede organizar jornadas de
limpieza de grafiti y podar arbustos que obstaculizan la visibilidad; otro
grupo puede gestionar la instalación de luces solares con sensor en callejones
frecuentados por peatones; y las cámaras de videovigilancia, aunque útiles,
pueden complementarse con redes vecinales de WhatsApp, donde cada alerta de una
luminaria fundida o un automóvil sospechoso se convierte en una notificación que
moviliza a decenas de vecinos en minutos.
El experimento de Zimbardo y la posterior formalización de
la teoría por Wilson y Kelling establecen que la merma de la autoridad ,el
mensaje no verbal de que nadie se ocupa del lugar, se asocia directamente con
la proliferación delictiva. Aplicado al caso tico, basta observar un lote
baldío en las afueras de la ciudad: si la maleza crece sin control y los
escombros se acumulan, pronto se convierte en un refugio para vertederos ilegales,
consumo de drogas y agresiones. En contraste, la limpieza regular y la
demarcación de espacios para actividades culturales o deportivas atraen a más
gente, generan vigilancia natural y, de manera paradójica, reducen el
vandalismo.
Esta lógica de “mantener las ventanas intactas” y
“configurar el escenario para frustrar el delito” no choca con los derechos
ciudadanos, sino que los refuerza. No se trata de una vigilancia autoritaria,
sino de corresponsabilidad: tolerancia cero frente al desorden, no frente a la
persona. Cuando una calle se pinta cada semana, no significa que se persiga a
los transeúntes; significa que la comunidad y la autoridad colaboran para
asegurar que el espacio público se perciba como un bien común y no como un territorio
de nadie. Esa percepción de cuidado y de normas consistentes reduce las
pequeñas infracciones (estacionarse donde no toca, ruidos molestos) y, según la
misma teoría, impide que escalen a delitos más graves.
La combinación de prevención situacional y ventanas rotas
también abre la puerta a soluciones creativas y de bajo costo: la instalación
de bancas que incorporan maceteros, la creación de murales participativos en
lugares de alto tránsito, el uso de iluminación interactiva que reacciona al
paso de peatones y bicicletas, o incluso la organización de “rutas seguras”
donde voluntarios acompañan a escolares. Cada iniciativa contribuye a restaurar
el orden menor y a reforzar la idea de que “aquí importamos”, de manera que las
ventanas rotas simplemente no pueden manifestarse.
En definitiva, la seguridad ciudadana en Costa Rica
trasciende la presencia policial reactiva y se fundamenta en un entramado de
acciones preventivas y de mantenimiento continuo. La teoría de las ventanas
rotas nos recuerda que un entorno cuidado genera un ciclo virtuoso: el orden
atrae orden, desalienta el delito y fortalece el tejido social. La prevención
situacional nos provee las herramientas para intervenir activamente en ese
entorno, siempre con un enfoque creativo y comunitario. Al unir ambos marcos,
cada luminaria reparada, cada pared repintada y cada cerradura modernizada se
inscribe en una estrategia global: transformar el espacio público en un
escenario donde delinquir deje de ser una opción rentable, y donde la
convivencia pacífica y el respeto mutuo se conviertan en la regla
inquebrantable.
Noticia:
Título: Mercado Central se remoza por dentro y por fuera
Resumen: Según Teletica.com, el Mercado
Central de San José renovó su sistema de iluminación con 150 lámparas LED (60
en el interior y 90 en la fachada), mejorando tanto la visibilidad nocturna
como la seguridad de comerciantes y visitantes. Esta intervención, completada
en marzo de 2020, demostró que un cambio tecnológico y de diseño puede reducir
significativamente los hurtos rápidos en instalaciones públicas al aumentar el
riesgo percibido por parte de los posibles infractores.
https://www.teletica.com/nacional/mercado-central-se-remoza-por-dentro-y-por-fuera_250927
Referencias Bibliográficas:
Teletica.com. (2020, 6 de marzo). Mercado Central se
remoza por dentro y por fuera. Recuperado de https://www.teletica.com/nacional/mercado-central-se-remoza-por-dentro-y-por-fuera_250927
Eskibel, D. (2017). La teoría de las ventanas rotas.
Recuperado de https://www.mucd.org.mx/wp-content/uploads/2017/09/La-Teoria-de-las-Ventanas-Rotas.pdf
La Ley del Criminólogo. (2022). Teoría de las ventanas rotas-
La Ley del Criminólogo. [Video]. YouTube. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=KHX1y3JgCu0
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